Cuando los Golden State Warriors lo dominaron todo (II) [Años 2017 y 2018]

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Pocas franquicias han transformado el baloncesto como lo hicieron los Golden State Warriors. Su irrupción no solo alteró la jerarquía competitiva de la liga; reinventó el juego desde sus cimientos. Con Stephen Curry como motor de una revolución basada en el triple, el ritmo vertiginoso y el movimiento sin balón, los Warriors dominaron una era con cinco Finales consecutivas entre 2015 y 2019, conquistando tres anillos y elevando la eficiencia ofensiva a niveles jamás vistos. Pero su historia no terminó ahí. Tras dos años de oscuridad y lesiones, regresaron a la cima en 2022 con un nuevo título que consagró el legado de su núcleo histórico —Curry, Thompson, Green y Kerr— y confirmó que su impacto va más allá de los campeonatos: cambiaron para siempre la forma en que se juega y se entiende la NBA 2017: La venganza de los Warriors: Durant y Curry lideran una conquista incontestable ante los Cavaliers Un año después de vivir la mayor humillación de su historia, los Golden State Warriors regresaron a las Finales con un objetivo tan claro como irreversible: recuperar el trono y vengar la derrota del 2016. Lo hicieron con una autoridad aplastante, venciendo a los Cleveland Cavaliers por 4-1 y rubricando una postemporada casi perfecta, con un balance de 16-1 que redefinió la palabra dominio. La llegada de Kevin Durant había sacudido la liga durante el verano anterior. Su integración en un equipo ya legendario fue tan rápida como efectiva. Y en las Finales, ante el mismo rival que les había robado el anillo un año antes, Durant emergió como la figura total, imparable en ataque, sólido en defensa, y absolutamente determinante en los momentos calientes. Su serie fue antológica: 35.2 puntos, 8.2 rebotes y 5.4 asistencias por partido, con un 55.6% en tiros de campo y 47.4% en triples. Fue elegido MVP de las Finales sin discusión. El primer partido dejó claro desde el salto inicial que esta vez Golden State no iba a ceder ni un milímetro. Ganaron 113-91 en el Oracle Arena con 38 puntos de Durant y un recital de Stephen Curry en la dirección. Cleveland resistía con el músculo de Kevin Love (21 rebotes), pero la maquinaria ofensiva californiana era demasiado precisa. En el segundo encuentro, la ofensiva de los Warriors fue incluso más brillante: 132-113, con Durant y Curry combinándose para 65 puntos, 20 rebotes y 17 asistencias. Golden State alcanzó los 132 puntos sin perder un solo balón en toda la primera mitad, una muestra de ejecución histórica. La serie se trasladó a Cleveland, donde los locales ofrecieron su mejor versión. En el tercer partido, LeBron James (39 puntos) e Irving empujaron hasta el final, pero un triple de Durant desde el ala izquierda en los últimos segundos —tras cruzar la pista sin miedo ni pizarra— sentenció el 118-113 que dejaba la serie en 3-0. Aquel disparo, quizás el más emblemático de su carrera, simbolizó el cambio de jerarquía: Durant ya no era solo un anotador insaciable, era el ejecutor de la venganza de Golden State. Cleveland evitó la barrida con un espectáculo ofensivo en el cuarto partido. Ganaron 137-116 tras anotar 24 triples y 49 puntos solo en el primer cuarto, con un Kyrie Irving desatado (40 puntos) y LeBron firmando otro triple-doble. Fue una victoria para el orgullo, pero no para la esperanza. El Game 5, de nuevo en Oakland, sirvió como epílogo perfecto para los nuevos campeones. Durant cerró la serie con 39 puntos, y Curry añadió 34 y 10 asistencias. LeBron, titánico hasta el último aliento, sumó 41 puntos, 13 rebotes y 8 asistencias, pero se quedó solo. El marcador final, 129-120, reflejó lo que fue la serie: una tormenta ofensiva de los Warriors frente a una resistencia heroica, pero insuficiente. Más allá del 4-1, los números explicaron el desequilibrio. Golden State promedió 121.6 puntos por partido con un 55.3% de eFG y un ORtg de 121.2, cifras absolutamente estratosféricas. Su ofensiva fue fluida, generosa y demoledora: 29.4 asistencias por partido, apenas 11.6 pérdidas, y un 38.2% en triples. Durant y Curry fueron las estrellas, pero también hubo espacio para la solidez de Klay Thompson, la defensa versátil de Draymond Green (11.0 puntos, 10.2 rebotes, 4.8 asistencias), y la experiencia de Andre Iguodala, clave desde el banquillo. Por parte de los Cavaliers, LeBron James volvió a ofrecer una serie de calibre legendario: 33.6 puntos, 12.0 rebotes, 10.0 asistencias, con más del 56% en tiros de campo. Irving promedió 29.4 puntos, y Kevin Love firmó un doble-doble con 16.0 puntos y 11.2 rebotes, pero más allá del Big Three, la ayuda fue escasa. J.R. Smith (11.8 puntos) y Kyle Korver (4.4) aportaron a ráfagas, y el banquillo se diluyó en defensa y ejecución. Las Finales de 2017 fueron una declaración de principios: Durant era más que un refuerzo, era la pieza que convertía a Golden State en una dinastía sin fisuras. Con él, los Warriors alcanzaron un nivel ofensivo y colectivo pocas veces visto en la historia del baloncesto. Si el 2016 había sido la epopeya del corazón, el 2017 fue la coronación del talento y la ejecución perfecta. https://youtu.be/S1k2McCI-v0?si=ShvI78P7STqArZXY 2018: Golden State completa la barrida: LeBron se vacía, Durant domina, y los Warriors firman su dinastía Las Finales de 2018 quedaron marcadas para siempre por un gesto, una mirada y una oportunidad perdida. En el Juego 1, con el partido empatado y menos de cinco segundos por jugar, J.R. Smith tomó un rebote ofensivo... y corrió en dirección contraria al aro, pensando erróneamente que su equipo ganaba. LeBron James, que había firmado 51 puntos en una de las mejores actuaciones individuales de la historia de las Finales, lo miró incrédulo. Aquel fue el momento en que todo se rompió para Cleveland. Lo que siguió fue una barrida (4-0) implacable por parte de unos Golden State Warriors que, más allá del talento, se beneficiaron también del desmoronamiento emocional de su rival. La serie arrancó el 31 de mayo en el Oracle Arena, y Cleveland rozó la campanada. Forzaron la prórroga tras el error de Smith y una falta ofensiva anulada a Kevin Durant que pudo haber cambiado el desenlace. Pero en el tiempo extra, los Warriors arrasaron (124-114) con Curry y Durant combinando 55 puntos. LeBron, más allá de sus 51, quedó absolutamente solo: Love fue el único apoyo con 21 puntos y 13 rebotes. El segundo encuentro ya no ofreció concesiones. Golden State ejecutó con precisión quirúrgica y venció por 122-103, con 33 puntos de Curry y una explosión de triples (9 de él solo). Durant no necesitó forzar; su lectura fue perfecta, y Draymond Green firmó un partido redondo en defensa y organización. El ritmo, marcado a 91.6 posesiones por partido, favorecía a un equipo que sabía exactamente cuándo acelerar y cuándo castigar los desequilibrios. En el tercer partido, Cleveland lo dio todo. En su casa, con orgullo, con intensidad, con el corazón. LeBron se acercó al triple-doble (33-10-11), Kevin Love peleó cada rebote, y el equipo llegó con opciones al tramo final. Pero entonces apareció Kevin Durant en su versión más asesina, firmando 43 puntos con 6 rebotes y 7 asistencias, y anotando una daga desde nueve metros —casi calcada a la del año anterior— que silenció el Quicken Loans Arena. El resultado: 110-102 y 3-0 para Golden State. El cuarto partido fue el funeral sin flores. Los Cavaliers salieron deshechos, física y mentalmente. Golden State lo olió y no perdonó. Ganaron por 108-85, con 37 puntos de Curry y un dominio absoluto en todos los registros. Durant fue elegido MVP de las Finales por segundo año consecutivo, tras promediar 28.8 puntos, 10.8 rebotes y 7.5 asistencias, con un 52.6% en tiros de campo y un descomunal 96.3% en tiros libres. Su impacto fue global: defensa, rebote, dirección y definición. LeBron, por su parte, cerró la serie con 34.0 puntos, 10.0 asistencias y 8.5 rebotes por noche, jugando con una lesión en la mano derecha desde el final del primer encuentro. Su esfuerzo fue tan heroico como inútil. Love firmó una digna serie (19.0 puntos y 11.3 rebotes), pero más allá de ellos, todo se desvaneció. J.R. Smith, George Hill, Korver, Clarkson o Jeff Green ofrecieron minutos erráticos, sin constancia ni acierto. Cleveland acabó con un efectivo del 41% en tiros de campo y apenas 29.5% en triples, colapsando ofensivamente ante una defensa sincronizada y versátil. Golden State, en cambio, funcionó como una máquina. 123.5 puntos por cada 100 posesiones, 58.8% en eFG y solo un 9.9% de pérdidas, dominando cada uno de los Four Factors excepto el rebote ofensivo. Curry promedió 27.5 puntos, Klay Thompson añadió 16 por noche con 42.9% en triples, y Draymond fue la navaja suiza: 9.3 puntos, 8.5 asistencias, 6.0 rebotes, 2.0 robos y 1.5 tapones por partido. Con esta victoria, los Warriors sumaban su tercer anillo en cuatro años y cerraban una etapa como la dinastía dominante de la era moderna. Durant se confirmaba como el mejor jugador de la serie, pero también como el verdugo de LeBron, quien poco después dejaría Cleveland por segunda vez. Las Finales de 2018 fueron, más allá de la barrida, el reflejo de dos realidades divergentes: un equipo cohesionado, profundo y cargado de talento contra otro exhausto, sostenido por un solo jugador y una ciudad entera. El marcador dijo 4-0, pero en realidad fue mucho más que una simple victoria: fue el cierre simbólico de una rivalidad, y el principio del fin de una era. https://youtu.be/l-Hu9GlDao8?si=BmGE4H3TYiaMnNG5