La ACB encuentra una vía en la G League

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Durante muchos años, cuando un equipo ACB buscaba talento estadounidense sin experiencia europea, el camino más habitual pasaba por la NCAA, pero con el tiempo ese mapa está cambiando. La G League ha ido ganando peso como mercado y este verano de 2026 ofrece quizá la muestra más clara de hasta qué punto los clubes españoles están dispuestos a mirar directamente hacia la competición de desarrollo de la NBA.

No hablamos únicamente de algún fichaje aislado. Barça, Baskonia, Girona, Andorra, Valencia Basket, Breogán u Obradoiro, entre otros, han buscado jugadores que durante el último curso han estado en la G League o muy vinculados al ecosistema NBA-G League. Incluso Manresa había apostado por Colby Jones, aunque finalmente el jugador no jugará con el conjunto catalán al no superar el reconocimiento médico. El fichaje no salió adelante, pero la elección inicial de Manresa sirve igualmente para comprobar hacia dónde están mirando los departamentos deportivos.

Que equipos de la zona media de la Liga Endesa recurran a la G League puede entenderse como una búsqueda de talento todavía por explotar en Europa. Más significativo resulta que también lo hagan Barça y Baskonia, dos clubes que no solo necesitan competir en ACB, sino construir plantillas capaces de responder cada semana en Euroliga.

El Barça ha sido especialmente decidido. Stanley Umude afrontará su primera experiencia europea después de acumular 86 partidos en la G League y 49 en la NBA; Tyrese Martin llega con 181 encuentros profesionales repartidos entre ambas competiciones, y Tosan Evbuomwan ha desarrollado buena parte de sus primeros años profesionales en ese mismo camino de ida y vuelta entre la NBA y su liga de desarrollo. Baskonia ha hecho algo parecido con AJ Lawson y, posteriormente, con Damion Baugh, que viene de una temporada en la que produjo a un nivel muy alto con Valley Suns.

No parece una moda sin más. Hay razones deportivas y también de mercado.

La G League concentra a una enorme cantidad de jugadores que están muy cerca de la NBA pero para los que simplemente no hay sitio estable. Algunos enlazan contratos two-way, otros consiguen llamadas de diez días, pasan semanas con una franquicia y regresan después al equipo afiliado. Son jugadores acostumbrados a convivir con la incertidumbre y que, llegados a determinada edad, pueden empezar a ver Europa no como una segunda opción, sino como una oportunidad para encontrar continuidad, dinero, minutos y un papel importante dentro de un equipo.

Para los clubes ACB ocurre justamente lo contrario. Pueden acceder a jugadores de 24, 25 o 26 años, en plenitud física, que han trabajado durante varias temporadas dentro de estructuras NBA y que todavía no han adquirido el precio que probablemente tendrían después de destacar un año en Euroliga, EuroCup o Basketball Champions League.

Ahí aparece la oportunidad, pero también la apuesta. Porque la gran pregunta no es si esos jugadores tienen talento. Lo tienen. La cuestión es cuánto de ese talento puede trasladarse directamente al baloncesto europeo.

McClung, la gran prueba en Girona

Pocos casos representan mejor esa incógnita que Mac McClung y su llegada al FIATC Girona.

Su fichaje no es el de un jugador cualquiera que sale de la G League buscando una primera oportunidad europea. McClung llega después de ser elegido MVP de la G League 2025/26, un premio que ya había ganado en 2023/24 y que le convierte en el primer jugador de la historia de la competición capaz de conquistarlo dos veces. Además, terminó el curso como máximo anotador, con 31,8 puntos y 7,9 asistencias por partido, y durante la temporada se convirtió también en el máximo anotador histórico de la G League.

Es decir, Girona no ficha una promesa escondida. Ficha a uno de los jugadores que mejor ha rendido en esa competición. Y precisamente por eso su adaptación va a ser especialmente interesante.

McClung será una magnífica prueba para entender las diferencias entre ambas competiciones. Si un jugador que viene de dominar la G League es capaz de mantener una parte importante de ese impacto en España, Girona habrá encontrado mucho más que un fichaje mediático. Si le cuesta hacerlo, probablemente las razones expliquen bastante bien por qué trasladar automáticamente el rendimiento de una competición a otra resulta tan complicado.

No se juega igual

La G League utiliza esencialmente el reglamento NBA, al que añade algunas normas experimentales propias. La liga funciona, de hecho, como banco de pruebas para posibles cambios que la NBA puede estudiar posteriormente. Pero las diferencias importantes para un jugador que llega a la ACB no están tanto en esas particularidades como en el tipo de baloncesto que generan las reglas y la propia naturaleza de la competición.

Hay más espacio. La línea de tres NBA está más alejada y existe la norma de los tres segundos defensivos, que impide que un interior permanezca de manera permanente dentro de la pintura sin estar defendiendo activamente a un atacante. La propia documentación de la G League contempla esa infracción defensiva dentro de las reglas de juego.

Eso afecta directamente a la manera de atacar. Cuando un exterior supera a su defensor en la G League suele encontrar una pintura más abierta y mayores distancias entre las ayudas. Hay mucho bloqueo directo, aclarados, transición y situaciones donde el talento individual puede imponerse. No quiere decir que los equipos no tengan sistemas o que no exista trabajo táctico. Evidentemente lo hay. Pero el contexto permite que un jugador con capacidad para generar desde el bote tenga más terreno para explotar esa virtud.

La ACB presenta otro paisaje. En el baloncesto FIBA no existen los tres segundos defensivos y el interior puede ocupar posiciones mucho más cercanas al aro. Las distancias también son menores, empezando por una línea de tres situada más cerca de la canasta. Todo se comprime. Una penetración que en Estados Unidos puede terminar después de superar al primer defensor encuentra aquí con mucha más frecuencia una segunda ayuda esperando en la pintura y una tercera preparada para cerrar desde el lado débil.

Y eso obliga a tomar otra decisión. Pasar, frenar, jugar con el pívot, encontrar la esquina o devolver el balón y empezar de nuevo. Lo que en la G League podía resolverse explotando una ventaja física, en ACB exige en muchas ocasiones leer qué ha hecho toda la defensa. Ese probablemente sea el mayor cambio.

El peso del scouting

La Liga Endesa tiene además una enorme carga táctica. Los equipos preparan mucho al rival y los defectos individuales se detectan rápidamente. Si un jugador tiene dificultades lanzando después del bote, le concederán ese tiro; si prefiere atacar hacia una mano, intentarán obligarle a utilizar la otra; si un interior sufre defendiendo lejos de la pintura, acabará involucrado una y otra vez en bloqueos directos.

La primera vez puede sorprender. La segunda ya no. Ese proceso obliga al jugador que llega desde la G League a ampliar rápidamente su juego. No puede depender únicamente de aquello que le convirtió en diferencial allí, porque los entrenadores ACB tratarán precisamente de quitárselo.

También tendrá menos posesiones para hacerlo. Los encuentros FIBA duran 40 minutos frente a los 48 del baloncesto NBA y un jugador que venía acostumbrado a manejar mucho balón puede encontrarse con un rol bastante más concreto. El que anotaba veinte puntos quizá tenga que convertirse en un jugador de diez que defienda, rebotee y abra el campo. El interior que recibía muchas situaciones para finalizar puede pasar a vivir fundamentalmente del bloqueo directo, del rebote ofensivo y de correr la pista.

Por eso las estadísticas de la G League sirven para detectar talento, pero no siempre para proyectar producción.

La apuesta merece la pena

Aun con todas esas diferencias, se entiende que los clubes ACB estén cada vez más dispuestos a asumir el riesgo. El físico de muchos de estos jugadores es extraordinario para Europa y la formación que reciben dentro de organizaciones NBA garantiza determinados hábitos profesionales. Además, el mercado europeo tradicional es cada vez más caro y los jugadores que ya han demostrado que funcionan en Euroliga tienen un precio que muchos clubes simplemente no pueden pagar.

La G League permite intentar llegar antes. Encontrar al jugador cuando todavía existe la duda sobre su adaptación, asumir ese riesgo y esperar que sea el propio club quien termine de convertirlo en un jugador europeo. Si sale bien, se obtiene un talento que quizá doce meses después estaría fuera del alcance económico.

Por eso resulta tan significativo que Barça y Baskonia también hayan entrado en este mercado. No necesitan únicamente jugadores que funcionen en la Liga Endesa. Necesitan jugadores capaces de entrar en una rotación de Euroliga. Que estén dispuestos a hacerlo con perfiles sin recorrido previo en Europa refleja hasta qué punto ha aumentado la confianza en la G League como lugar donde buscar talento.

Girona representa el otro extremo de esa misma idea con McClung. No le pide que sea una pieza más dentro de una plantilla de Euroliga, sino que puede convertirle en uno de los nombres importantes de su proyecto. Si el doble MVP de la G League consigue acercarse en España al jugador que ha sido en Estados Unidos, puede convertirse en uno de los fichajes con mayor impacto de la próxima Liga Endesa. Y ahí está el atractivo de todo este movimiento.

No sabemos todavía cuántos funcionarán. Algunos se adaptarán rápidamente, otros necesitarán meses y seguramente alguno no terminará de encontrar su sitio. Precisamente por eso hablamos de una apuesta.

La ACB ha encontrado en la G League un mercado con jugadores físicos, talento individual y hambre por demostrar que pueden jugar a otro nivel. Ahora empieza la parte verdaderamente interesante: comprobar cuáles son capaces de trasladar todo eso a un baloncesto con menos espacio, más lectura táctica y un papel colectivo mucho más marcado.

Porque la G League puede enseñar quién tiene talento. La ACB decidirá quién sabe utilizarlo aquí.