Velocidad, zapatillas y biología: la crisis del Aquiles en la NBA

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La escena se repite con una precisión inquietante. Un jugador arranca hacia el aro, o intenta frenar para cambiar de dirección, y de repente se gira buscando a quien le ha dado una patada en el talón. No hay nadie. Se lleva la mano a la pierna, intenta apoyar el pie y entiende que su temporada ha terminado.

Cualquier médico que vea la jugada sabe el diagnóstico antes de la resonancia.
Ya no es una lesión de veteranos
Hace no tanto, romperse el tendón de Aquiles era casi sinónimo de retirada.

Les pasaba sobre todo a jugadores con muchos años de carrera en las piernas, y en la NBA se veía, como mucho, un caso por temporada. Era un riesgo asumido, como lo es una rotura de ligamentos en cualquier deporte de contacto. En los últimos años eso ha cambiado. Las roturas son más frecuentes y quienes las sufren ya no son veteranos al final del camino: son estrellas y jugadores de rotación que rondan los treinta años o están por debajo, justo en la edad en la que el cuerpo debería responder mejor.

Un juego que exige frenar en seco
La primera sospecha apunta al propio baloncesto. El juego se ha estirado hacia la línea de triple, hay más espacio que cubrir y se hace a más velocidad. Un jugador de hoy acumula muchas más aceleraciones, frenadas y cambios de ritmo que uno de hace veinte años, y cada uno de esos gestos carga el tendón.

El análisis de las imágenes deja un patrón muy claro: casi ninguna de estas roturas llega por un choque. Se producen en un gesto concreto, el llamado paso en falso. Para salir disparado, el pie se apoya por detrás del centro de gravedad del cuerpo, el tobillo se flexiona al máximo y el tendón recibe de golpe toda la fuerza de la arrancada. A veces aguanta. Cuando no lo hace, se rompe.

La sospecha de las zapatillas
El segundo factor está en los pies. Las zapatillas de alto rendimiento llevan placas de fibra de carbono y materiales muy rígidos que ayudan a saltar más y a salir más rápido. El problema es lo que pasa con la energía que la suela no absorbe. Si la zapatilla no cede, esa carga sube por el pie y se concentra en el tobillo y en el tendón. Algunos especialistas creen que esto explica parte del aumento, aunque no hay una conclusión cerrada.

Medir el tendón antes de que ceda
Ante la falta de una respuesta única, las franquicias han pasado a la prevención. Algunos equipos usan la elastografía, una prueba que mide la rigidez del tendón, para detectar a los jugadores con más riesgo, y han incorporado el trabajo de fuerza excéntrica a sus rutinas. Nada de eso garantiza que el tendón no se rompa. Lo que sí está claro es que la NBA ha construido un juego más rápido y más atlético que nunca, y el tendón de Aquiles es uno de los lugares donde el cuerpo está pagando la factura.