Toni Kukoč, el hombre que vio el baloncesto antes que nadie
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Toni Kukoč, el hombre que vio el baloncesto antes que nadie

Hay jugadores que cambian partidos. Muy pocos cambian equipos. Y casi ninguno cambia el propio deporte. Toni Kukoč perteneció a esa última categoría: un alero de 2,07 que jugaba como un base, que veía líneas de pase donde otros solo veían tráfico, que convirtió la creatividad en un sistema y el talento en una ventaja irrepetible. Fue, simplemente, el jugador europeo más adelantado a su tiempo.

Su historia empieza en Split, en aquella Jugoplastika que marcó una era. En 1985/86, con apenas 17 años, promedió 4,2 puntos y 2 asistencias, pero más que números dejaba destellos de un entendimiento del juego impropio de un adolescente. La progresión fue inmediata. En 1986/87 ya firmaba 14,4 puntos y 2,4 rebotes, mientras Yugoslavia celebraba un bronce europeo que anunciaba la llegada de una generación irrepetible. Un año después, 16,6 puntos y 2,3 rebotes para conquistar la liga y una plata olímpica. Su ascenso era imparable.

La temporada 1988/89 confirmó que Kukoč estaba destinado a dominar Europa. Sus 17,9 puntos y 5,4 rebotes guiaron a Jugoplastika a la Liga yugoslava, a la Copa de Europa y a un oro europeo con la selección. Pero lo que seguía era aún más grande. En 1989/90 estalló en plenitud total: 19,3 puntos, 5,2 rebotes, triplete doméstico con Liga, Copa y tercera Copa de Europa consecutiva, además de un oro mundial que consolidó la hegemonía yugoslava. En 1990/91 repitió 19,3 puntos con 3,8 rebotes, otra Liga, otra Copa y otra Copa de Europa, sumando además un nuevo oro europeo. Nadie jugaba como él: era un director desde la posición de alero, un tirador, un pasador privilegiado y un competidor silencioso que hacía mejores a todos.

Su siguiente capítulo llegó en Treviso. Con Benetton, Kukoč se convirtió en una superestrella europea absoluta. En 1991/92 firmó 21,1 puntos, 5,5 asistencias y 5,3 rebotes para conquistar la Liga italiana y sumar una nueva plata olímpica. En 1992/93 dejó 19 puntos, 6,4 rebotes y 5,2 asistencias, además de la Copa. El continente se le había quedado pequeño: su versatilidad, su manejo del balón, su lectura del espacio… era un jugador que no encajaba en ningún molde conocido.

Entonces llegó Chicago. Llegó la NBA.

Su aterrizaje con los Bulls en 1993/94 coincidió con la primera retirada de Michael Jordan. En medio del torbellino, Kukoč aportó 10,9 puntos y 4 rebotes, ganándose el respeto inmediato de la liga. Un año más tarde, 15,7 puntos y 5,4 rebotes, además de un bronce europeo con Croacia, confirmaban su impacto creciente. Y con el regreso de Jordan, Kukoč dio el salto definitivo: en 1995/96 promedió 13,1 puntos y 4 rebotes, ganó su primer anillo NBA y fue elegido Mejor Sexto Hombre. Era el comodín perfecto de Phil Jackson, el jugador que conectaba líneas, que generaba ventajas, que aparecía cuando más dolía.

Los años siguientes fueron una clase magistral sostenida: 13,2 puntos y 4,6 rebotes en 1996/97; 13,3 y 4,4 en 1997/98; y otros dos anillos NBA. Tres campeonatos consecutivos en los que su inteligencia, su versatilidad y su frialdad en momentos decisivos lo convirtieron en pieza elemental de una de las dinastías más grandes de todos los tiempos.

Tras la caída del imperio, Kukoč asumió nuevos roles y nuevos equipos. En 1998/99 brilló con 18,8 puntos, 7 rebotes y 5,3 asistencias. En 1999/00 combinó 18 puntos con Chicago y 12,4 en Philadelphia. En 2000/01 firmó dos versiones de sí mismo: 8 puntos y 3,4 rebotes con los Sixers y luego un estallido revitalizado en Atlanta con 19,7 puntos, 6,2 asistencias y 5,4 rebotes. Incluso en la madurez seguía siendo un creador inagotable.

Sus últimos años en Milwaukee —entre 2002 y 2006— fueron el epílogo de un talento que ya no necesitaba demostrar nada: 11,6 puntos en 02/03, 8,4 en 03/04, 5,6 en 04/05 y 4,9 en 05/06, con 38 años. Una carrera de dos décadas que atravesó continentes, sistemas y generaciones sin perder nunca la esencia.

Su palmarés es tan inabarcable como su juego: cuatro ligas yugoslavas, dos copas yugoslavas, una liga italiana, una copa italiana, tres Copas de Europa, tres anillos de la NBA, un oro mundial, un bronce mundial, dos platas olímpicas, dos oros europeos y dos bronces europeos.

Pero más allá de los títulos, el legado de Toni Kukoč habita en otro lugar. En la forma en que Europa entendió que un alero podía crear como un base. En todos los jugadores modernos que hoy viven en esa mezcla de tamaño, técnica y visión. En haber sido un adelantado sin imitadores posibles.

Toni Kukoč no solo jugaba al baloncesto: lo reinterpretaba. Durante años, fue el hombre que veía las jugadas antes de que existieran. Y ese, quizá, sea el mayor talento que puede tener un genio.