¿Sirve de algo un 73-9 sin anillo? La lección que persigue ahora a los Thunder
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¿Sirve de algo un 73-9 sin anillo? La lección que persigue ahora a los Thunder

Hay temporadas que parecen avanzar sin sobresaltos, con una inercia que empuja al equipo hacia un territorio reservado solo a unos pocos elegidos. Eso es lo que está viviendo Oklahoma City: un 20-1 que no es un arranque brillante, sino un rugido. Los Thunder están marchando con la determinación y la limpieza competitiva de los proyectos destinados a dejar huella. Ganan por diferencia de dobles dígitos, encadenan actuaciones que parecen calcadas una detrás de otra y su defensa, la mejor de la NBA, les permite dominar partidos sin necesidad de pisar el acelerador durante 48 minutos. Lo que hace un año parecía el primer paso de un campeón joven, hoy tiene forma de avalancha.

En este contexto de dominio, el eco de una pregunta inevitable empieza a recorrer la liga: ¿y si este equipo puede perseguir el 73-9? ¿Y si el récord que parecía intocable —el que ni siquiera los Bulls de Jordan lograron superar— vuelve a estar al alcance de alguien? La aritmética invita a soñar. La manera en que compiten también. Y sin embargo, cada vez que se pronuncia ese número, aparece un fantasma en la habitación: el de los Warriors de 2016.

Porque si algo enseñó aquella temporada es que el mejor balance de todos los tiempos se convierte en un espejismo cruel cuando el final no acompaña. Golden State cerró la regular season con un 73-9 incomparable, una obra maestra que todavía hoy se recuerda como la mayor demostración de consistencia que ha visto la NBA. Pero la historia no está escrita por los récords, sino por los finales. Y aquel final fue un vuelco que nadie ha olvidado: un 3-1 que se convirtió en 3-4, un anillo que cambió de manos, un equipo que pasó de parecer invencible a arrastrar el peso del “sí, pero…”.

Ese “pero” ha sido más fuerte que sus 73 victorias.

Esa es la realidad incómoda: si Oklahoma City persigue un registro legendario sin sellarlo con el título, el relato que quedará será exactamente ese. El del equipo imponente que dominó la fase regular como nadie… para después desaparecer cuando la presión dejó de ser estadística y pasó a ser emocional. En la NBA, los números solo pesan cuando están respaldados por una foto con el trofeo en las manos.

La historia reciente está llena de ejemplos que refuerzan esta idea. Dallas ganó 67 partidos en 2007 y cayó en primera ronda. San Antonio firmó otros 67 en 2016 y no llegó ni a Finales de Conferencia. Milwaukee, con 60 victorias en 2019, parecía destinado al título… hasta que Toronto desmontó ese plan en seis noches. Son avisos constantes: el brillo de octubre a abril es un lujo; el de mayo y junio, una obligación.

El contraste lo marcan equipos como los Bulls del 72-10 o los propios Thunder del año pasado. Chicago convirtió sus 72 victorias en una temporada casi perfecta porque remataron la obra en junio. Oklahoma City, sin un número histórico, dejó un impacto mayor: 68 victorias, un crecimiento arrollador en Playoffs y un anillo que cambió la dimensión del proyecto. Es la prueba de que lo verdaderamente valioso no es el viaje: es cómo termina.

Y ahí está la clave de la reflexión. Para estos Thunder, que ya han sentido el peso del trofeo, perseguir el récord puede convertirse en una tentación peligrosa. Cada noche ganada es un escalón más hacia una cima que solo importa si arriba esperan las Finales… pero también puede ser una trampa silenciosa: más minutos para Shai, más exigencia física para un equipo que todavía vive en la juventud, más responsabilidad sobre un bloque cuyo legado ahora se mide en títulos, no en estadísticas.

A largo plazo, la única verdad que resiste al tiempo es esta: los récords se admiran; los campeonatos se recuerdan. Y un equipo que quiere ser una dinastía necesita que su legado esté construido sobre lo segundo. Si dentro de 15 años alguien pregunta por los Thunder de 2025-26, la respuesta solo será grandiosa si la temporada terminó con un desfile, no con una comparación numérica con los Warriors del 73-9.

Oklahoma City puede lograr algo extraordinario. Puede firmar una de las mejores campañas de la historia. Puede incluso acercarse a un registro que parecía eterno. Pero si la temporada acaba sin anillo, el 73-9 no será un monumento: será un recordatorio de que lo único que realmente importa en esta liga es cerrar la puerta en junio, no abrirla en diciembre.

Y por eso, por mucho que deslumbre lo que están construyendo, la pregunta esencial no es si pueden batir el récord, sino si necesitan intentarlo. Porque la historia ya dictó sentencia: sin el trofeo, ningún número es suficiente.