La temporada 2024-25 fue especialmente reveladora: hasta siete jugadores de la NBA sufrieron rupturas del tendón, entre ellos figuras como Damian Lillard, Jayson Tatum o Tyrese Haliburton. Una cifra que dispara las alarmas médicas y pone sobre la mesa una pregunta inquietante: ¿por qué se rompen tantos Aquiles en la actualidad?
Las causas son múltiples, pero todas apuntan hacia una conclusión clara: el cuerpo humano no ha evolucionado al ritmo que exige el baloncesto de hoy. Saltos explosivos, cambios de dirección fulminantes y un número creciente de minutos por partido ponen al límite la resistencia del tendón más fuerte del cuerpo.
A esta sobrecarga biomecánica se suma una especialización deportiva cada vez más temprana, donde muchos jugadores acumulan microlesiones desde la adolescencia sin tiempo suficiente para una recuperación completa. La consecuencia: un tendón debilitado que puede romperse en una acción rutinaria.
Además, el uso generalizado de zapatillas bajas, con menos soporte, puede estar contribuyendo al problema. El calendario NBA, cada vez más comprimido, tampoco ayuda: los jugadores llegan a los playoffs o a los torneos internacionales con el cuerpo saturado y con escasas pausas reales para la recuperación.
Algunos factores individuales, como tendinopatías previas o el uso de determinados medicamentos, agravan aún más el riesgo. El resultado es devastador: se estima que un 37 % de los jugadores con esta lesión no vuelven a disputar más de diez partidos profesionales.
En este contexto, prevenir se ha convertido en la única estrategia viable. Pero en un deporte donde no hay pausas y el espectáculo nunca se detiene, el talón de Aquiles sigue siendo el punto más débil de los gigantes.
Las causas son múltiples, pero todas apuntan hacia una conclusión clara: el cuerpo humano no ha evolucionado al ritmo que exige el baloncesto de hoy. Saltos explosivos, cambios de dirección fulminantes y un número creciente de minutos por partido ponen al límite la resistencia del tendón más fuerte del cuerpo.
A esta sobrecarga biomecánica se suma una especialización deportiva cada vez más temprana, donde muchos jugadores acumulan microlesiones desde la adolescencia sin tiempo suficiente para una recuperación completa. La consecuencia: un tendón debilitado que puede romperse en una acción rutinaria.
Además, el uso generalizado de zapatillas bajas, con menos soporte, puede estar contribuyendo al problema. El calendario NBA, cada vez más comprimido, tampoco ayuda: los jugadores llegan a los playoffs o a los torneos internacionales con el cuerpo saturado y con escasas pausas reales para la recuperación.
Algunos factores individuales, como tendinopatías previas o el uso de determinados medicamentos, agravan aún más el riesgo. El resultado es devastador: se estima que un 37 % de los jugadores con esta lesión no vuelven a disputar más de diez partidos profesionales.
En este contexto, prevenir se ha convertido en la única estrategia viable. Pero en un deporte donde no hay pausas y el espectáculo nunca se detiene, el talón de Aquiles sigue siendo el punto más débil de los gigantes.