El baloncesto femenino despide a una de sus grandes leyendas. Uliana Semenova, la jugadora más determinante que ha pisado una cancha, ha fallecido este viernes tras una vida marcada por un dominio deportivo sin precedentes y un final alejado de los focos y del reconocimiento material que acompañó a sus éxitos. Su trayectoria, imposible de igualar, convirtió a la pívot letona en un fenómeno irrepetible dentro de la historia del deporte.
Desde su irrupción siendo apenas una adolescente, Semenova cambió para siempre las reglas no escritas del baloncesto femenino. Debutó con solo 16 años, en 1968, y durante dos décadas su presencia fue sinónimo de victoria. Con Daugava Riga, levantó once títulos de la Euroliga femenina y acumuló quince campeonatos de liga en la antigua URSS, construyendo una hegemonía que no tuvo contestación real durante años. A nivel de selecciones, su impacto fue aún más demoledor: la Unión Soviética gobernó el panorama internacional con dos oros olímpicos, tres campeonatos del mundo y diez Europeos en el periodo en el que Semenova fue pieza central del equipo. En toda su carrera internacional, el combinado soviético apenas conoció la derrota en un solo partido.
Su físico, absolutamente fuera de escala para la época, explicaba buena parte de esa superioridad. Con 2,13 metros de altura y cerca de 135 kilos, Semenova era inabordable cerca del aro. No existía emparejamiento posible ni sistema defensivo capaz de neutralizarla de forma sostenida. Cada partido en el que participaba estaba condicionado por su mera presencia, lo que terminó por definir una era completa del baloncesto femenino europeo.
Cuando el Telón de Acero comenzó a mostrar grietas, su carrera vivió un giro inesperado. En 1987 aterrizó en España para jugar en el Tintoretto Getafe, y un año después cerró su etapa profesional en Francia con el Valenciennes Orchies. Aunque ya lejos de su plenitud física, dejó una huella profunda en ambos países, tanto por su jerarquía en pista como por el impacto simbólico de ver competir en ligas occidentales a una figura que durante años había sido inaccesible.
Tras su retirada en 1988, la vida de Semenova se alejó radicalmente del relato triunfal que había acompañado su carrera. Diagnosticada de acromegalia, un trastorno hormonal provocado por una producción excesiva de la hormona del crecimiento, comenzó a sufrir graves problemas de movilidad. Fue sometida a varias intervenciones quirúrgicas y su estado físico se fue deteriorando progresivamente. A estas dificultades se sumó una situación económica precaria: durante su etapa como deportista, la normativa soviética le impidió generar ahorros o patrimonio, y tras colgar las botas no pudo desarrollar una actividad profesional que le permitiera estabilidad.
Durante años, su realidad pasó prácticamente desapercibida para el gran público. El reconocimiento institucional contrastaba con un día a día marcado por la falta de recursos. El propio presidente de Letonia, Edgars Rinkēvičs, lamentó su fallecimiento con un mensaje en el que destacó su figura deportiva y humana, sin aludir a las dificultades que atravesó en sus últimos años.
Uliana Semenova se va como vivió gran parte de su carrera: siendo única. Dominó el baloncesto femenino como nadie antes ni después, redefinió el juego desde su posición y protagonizó una historia de contrastes extremos, del éxito absoluto al olvido material. Su legado deportivo permanece intacto, más allá de títulos y estadísticas, como referencia eterna de lo que significa marcar una época.