Durante años fue un fenómeno mediático, una curiosidad de récord Guinness, una fotografía viral en cada torneo juvenil. Pero anoche, en Gainesville, Olivier Rioux dejó de ser “el adolescente más alto del mundo” para convertirse, simplemente, en jugador universitario. Con su entrada en los minutos finales del triunfo de Florida sobre North Florida (104-64), el pívot canadiense de 2,36 metros de altura firmó su debut oficial en la NCAA, convirtiéndose en el jugador más alto que haya pisado una cancha universitaria.
El momento duró apenas unos instantes, pero bastó para reescribir una historia que comenzó muchos años atrás, cuando aquel niño de Quebec superaba el metro noventa antes de cumplir los 12 y todos giraban la cabeza al verlo entrar al pabellón. Ahora, con 19 años, vestido con la camiseta número 14 de los Florida Gators, Rioux cruzó el umbral que tanto había esperado: ya no es una promesa a desarrollar, sino un miembro real del baloncesto universitario estadounidense.
Rioux ha trabajado los últimos años en el prestigioso IMG Academy, centrado en adaptar su cuerpo extraordinario a las exigencias del baloncesto moderno. Su llegada a Florida fue recibida con expectación, pero el propio cuerpo técnico optó por preservar su desarrollo y mantenerlo en redshirt durante la temporada pasada. Ayer, esa espera se rompió.
Su debut es, en realidad, un pequeño paso en las estadísticas de la NCAA, pero un gigantesco salto simbólico para el propio Olivier. “Solo quiero ser tratado como cualquier otro jugador”, había dicho hace meses. Y anoche lo consiguió: por fin fue uno más.
Quizá tarde en tener un papel relevante en la rotación de los Gators, pero su historia ya forma parte del baloncesto universitario. El chico que alguna vez fue noticia por su altura, hoy lo es por su esfuerzo y su paciencia.