Partizan, un equipo roto desde dentro: los números que explican el hundimiento y la renuncia de Obradović
La temporada de Partizan en la EuroLeague 2025-26 ha derivado en un escenario que va más allá de una mala racha o un inicio irregular. Lo que muestran los datos y la manera en la que este equipo compite —o deja de competir— es la imagen de un conjunto roto en su estructura, desajustado en su construcción y sin la química que requiere el juego de élite. La renuncia de Željko Obradović no puede entenderse sin mirar con precisión lo que ocurre en la pista, porque la cancha explica lo que ocurre en los despachos: un proyecto que no funciona.
El equipo promedia 81,6 puntos, un registro que podría valer en determinadas circunstancias, pero nunca acompañado de un ataque que solo genera 15,8 asistencias. Esa cifra, tan limitada para el volumen de tiro que maneja Partizan, señala una evidencia obvia: el balón no circula, no fluye y no estructura ventajas. No hay un sistema ofensivo que articule al conjunto, y eso se ve reforzado por la inconsistencia en la posición que debería dar orden: el base. El máximo generador del equipo es Carlik Jones, con 5,2 asistencias, pero esos números llegan en apenas 5 partidos, y no desde un rol de organizador primario, sino desde impulsos puntuales. A su lado, Nick Calathes, que por perfil debería ser el cerebro del equipo, está ofreciendo unos números que no sostienen ninguna estructura: 2,0 puntos, 1,8 asistencias, 20% en triples y 0% en tiros libres. Son estadísticas que hablan de un jugador fuera de impacto ofensivo y, por extensión, de un equipo sin un eje que ponga orden.
En la anotación, Partizan se sostiene más por talento aislado que por un engranaje. Sterling Brown, con 15,2 puntos, 60,3% en tiros de dos, 38,9% en triples y 12,9 de valoración, es el único exterior que produce con continuidad real. Le acompaña el impulso anotador de Duane Washington, que firma 13,4 puntos y un notable 39,5% en triples, pero su estilo es el de un finalizador autónomo, no el de un generador que conecte piezas. Entre ambos suman puntos, sí, pero no cohesión. Vanja Marinkovic, Dylan Osetkowski o el propio Jones aportan lo que pueden en sus roles, pero ninguno es capaz de elevar el funcionamiento colectivo. El resultado es un ataque que vive más de rachas que de estructura, un conjunto que persigue ventajas en lugar de crearlas.
En el juego interior, los problemas no son menores. Partizan captura 31,3 rebotes por partido, una cifra pobre si se tiene en cuenta que el equipo sufre desde el primer momento para cerrar posesiones. Su principal referencia bajo el aro es Tyrique Jones, con 6,1 rebotes y una sólida producción ofensiva (10,5 puntos, 63% en tiros de dos, 16,2 de valoración). Pero Jones trabaja prácticamente solo. Isaac Bonga, que aporta desde posiciones exteriores e intermedias, suma 5,4 rebotes, pero no es una pieza defensiva destinada a proteger la pintura. Más allá de ellos, la aportación interior es insuficiente para un nivel EuroLeague: Bruno Fernando y Jabari Parker, juntos, apenas llegan a 3,3 + 2,8 rebotes. Entre ambos no alcanzan lo que el equipo necesitaría de un solo pívot titular. Aleksej Pokusevski, cuya eficiencia destaca en los números (66,7% en tiros de dos, 38,9% en triples), juega únicamente 11 minutos por noche, demasiado poco para influir en el ritmo general. En definitiva, Partizan no controla su aro, concede segundas oportunidades y nunca marca territorio físico. Es un déficit estructural que define su temporada.
Todos estos problemas quedarían maquillados si el equipo defendiera al nivel mínimo exigible, pero las estadísticas reflejan lo contrario: Partizan permite que sus rivales anoten con un 51,1% en tiros de campo, cinco puntos más de lo que convierte el propio conjunto. El desplome se acentúa cuando se analizan los detalles: el rival mete 58,7% en tiros de dos, una cifra que revela que la defensa interior es inexistente; y encesta 41,5% en triples, un porcentaje que indica que tampoco se llega a las ayudas en el perímetro. Además, los rivales reparten 248 asistencias, un dato altísimo para apenas 13 partidos, que retrata a una defensa pasiva, sin manos, sin rotaciones y sin actividad colectiva. A esto se suma que Partizan solo fuerza 78 robos y 37 tapones en toda la competición: no intimida, no interrumpe y no incomoda.
Los roles, además, no encajan. Los exteriores anotan, pero no dirigen. Los jugadores que deberían generar ventajas no lo hacen. Los interiores que deberían proteger no sostienen. Los que podrían aportar más minutos —como Pokusevski— no encuentran espacio. Las piezas funcionan como individuos, no como un sistema. Cada jugador parece venir de un proyecto diferente, y sobre la pista eso se traduce en un baloncesto sin química, sin interacción y sin complementariedad. Para un entrenador como Obradović, cuyo éxito siempre se ha basado en maximizar el equilibrio interno, este escenario es devastador. No hay nada en la estructura del equipo que responda a los patrones que él exige.
La estadística global lo resume todo: Partizan ha anotado 1061 puntos y ha recibido 1136. Son -75 en el acumulado, lo que supone un promedio de -5,7 por noche. Es el diferencial de un equipo descentrado, superado y sin una mínima base competitiva. Y ese diferencial, junto a la falta de química y a la mala configuración de la plantilla que ya señalabas, explica por qué la renuncia de Obradović no es fruto de una reacción impulsiva, sino de la convicción de que con esta construcción resultaba imposible llevar al equipo a un nivel razonable.
Partizan no solo está perdiendo partidos; está perdiendo identidad. Y en un club que vive de su carácter, de su energía y de su cohesión, esa es la derrota más difícil de corregir.