La NBA siempre ha estado a la vanguardia del deporte profesional, no solo en lo técnico o lo cultural, sino también en lo económico. Pero lo que está a punto de ocurrir trasciende cualquier precedente: un jugador podría alcanzar muy pronto la cifra redonda, simbólica y provocadora de un millón de dólares por partido. La cifra ya no es un horizonte difuso. Es una realidad proyectada. Y el primero en rozarla será, salvo catástrofe, Shai Gilgeous-Alexander. El MVP de la temporada regular y también de las Finales firmó hace apenas unos días una extensión supermáxima de cuatro años que entrará en vigor en 2027, y cuyo cuarto curso —la temporada 2030-31— le reportará 79 millones de dólares, lo que se traduce en más de 963.000 por noche disputada. Apenas un paso antes del umbral que marcará un antes y un después en el negocio del baloncesto profesional. La pregunta, entonces, ya no es si alguien lo conseguirá, sino cuándo ocurrirá y quién será el primero en lograrlo
Detrás de esta nueva era de riqueza sin precedentes hay factores claros y medibles. Desde 2017, con la creación del contrato supermáximo, se abrió una autopista para que los mejores jugadores de la liga —aquellos con siete u ocho años de experiencia, continuidad contractual y méritos individuales acreditados— pudieran firmar extensiones que arrancaran en el 35% del tope salarial. Pero lo que ha disparado las cifras es, sobre todo, el crecimiento imparable de ese tope. En solo diez años, ha pasado de 63 a 141 millones, con proyecciones que lo sitúan por encima de los 300 millones en 2033-34. Esta escalada se explica por un fenómeno de “inflación del baloncesto” que ha avanzado mucho más rápido que la inflación general. Y ahora, con la entrada en vigor del nuevo acuerdo televisivo —76.000 millones por once temporadas, más de 7.000 millones por curso, el triple que el anterior—, la NBA se prepara para otra explosión financiera. Aunque el nuevo convenio colectivo introdujo una cláusula de ""suavización"" que limita los aumentos del tope al 10% anual, el crecimiento sostenido —incluso del 7%— seguirá multiplicando los ingresos y, por tanto, los sueldos.
Este nuevo contexto hace que contratos como el de SGA sean solo el principio. Según las proyecciones actuales, un supermáximo firmado en 2028 podría alcanzar los 86,9 millones al cuarto año, y los rubricados a partir de 2030, los 105 millones por curso. La cifra mágica del millón de dólares por partido será superada por varios jugadores antes de que termine la década. La lista de candidatos es cada vez más amplia. Anthony Edwards, por ejemplo, tiene todo a favor para firmar su supermáximo en 2027: ha sido dos veces All-NBA, es el rostro de los Timberwolves y encarna el nuevo perfil de superestrella global. Su contrato podría ascender hasta los 345 millones por cuatro años, con más de 82 millones ya en su segunda temporada. También hay que contar con miembros de la clase de 2021 como Cade Cunningham y Evan Mobley, que debutaron este curso en el All-NBA, o figuras en clara expansión como Scottie Barnes, Franz Wagner o Alperen Sengun. Y más abajo en la escalera generacional esperan promesas de altísimo valor mediático y deportivo como Jalen Williams, Chet Holmgren, Paolo Banchero, Victor Wembanyama o Amen Thompson, quienes podrían firmar sus primeros grandes contratos en un ecosistema salarial ya completamente transformado.
Tampoco hay que olvidar a jugadores más veteranos. Aunque no puedan acceder al supermáximo por razones contractuales, pueden firmar extensiones de dos o tres años con cifras astronómicas. Lo hizo Devin Booker esta misma semana, sellando un nuevo acuerdo con los Suns por 145 millones en dos años, lo que eleva su media anual muy por encima de la del contrato de SGA. Y lo hará el propio Gilgeous-Alexander, cuando su supermáximo actual expire en 2031, momento en el que estará en condiciones de firmar una nueva extensión que podría romper todos los récords. Porque el ciclo no se detendrá. A medida que el tope suba, el valor proporcional del 35% seguirá creciendo. Y así, el sueldo de un jugador estrella dejará de medirse en millones por temporada y comenzará a medirse en millones por mes, por semana o directamente por partido.
Lo más sorprendente de todo es que, en este contexto, pagar un millón por partido a una superestrella puede ser una auténtica ganga. En 2025, según estimaciones de Spotrac, los equipos de la NBA han desembolsado un total de 5.650 millones de dólares entre salarios y pagos de impuesto de lujo. Dividido por las 1.230 victorias disponibles en temporada regular, eso significa que cada victoria cuesta unos 4,6 millones de dólares. Shai Gilgeous-Alexander, líder de la liga en valor estimado, generó 20,9 victorias según Dunks & Triples. Eso sitúa su valor solo en temporada regular cerca de 96 millones de dólares. Sin contar su impacto en playoffs, en la venta de entradas, en la mercadotecnia o en el valor general de su franquicia. Cuando LeBron James regresó a Cleveland en 2014, Forbes estimó que elevó el valor de los Cavaliers entre 100 y 150 millones de dólares de forma inmediata. Hoy, ese impacto sería incluso mayor. De hecho, si no existiera el tope salarial ni los contratos máximos, las verdaderas superestrellas —los LeBron, los Curry, los Jokic, los SGA— podrían justificar sueldos superiores a 150 millones anuales, el doble de ese ya cercano millón por partido.
En otras ligas esto ya es una realidad. Lanzadores estrella de la MLB, como Gerrit Cole o Justin Verlander, ya superan el millón de dólares por apertura. En la NFL, los mejores mariscales de campo ganan más de tres millones por partido. Y luego está el caso de las ligas financiadas por fondos soberanos, como la Saudi Pro League, donde futbolistas como Cristiano Ronaldo ingresan cifras cercanas a los 200 millones anuales. Aun así, entre los deportes de equipo tradicionales, ninguna liga combina pago por partido y volumen de partidos como la NBA. Lo que explica por qué 15 jugadores NBA ya tienen contratos de más de 50 millones por año, mientras en la NFL, la NHL y la MLB solo hay dos casos combinados.
La llegada del primer contrato de un millón de dólares por partido no será simplemente una cifra redonda para titulares. Será una declaración de poderío económico. Un nuevo símbolo del valor descomunal que las superestrellas aportan en la era de la globalización, los contratos televisivos multibillonarios y las franquicias convertidas en marcas planetarias. Lo más probable es que ese primer paso lo dé Edwards, o que lo consolide Wembanyama. Pero el mensaje será el mismo: en la NBA del futuro, cobrar un millón por noche será no solo normal, sino incluso barato.
Fuente: espn.com
Detrás de esta nueva era de riqueza sin precedentes hay factores claros y medibles. Desde 2017, con la creación del contrato supermáximo, se abrió una autopista para que los mejores jugadores de la liga —aquellos con siete u ocho años de experiencia, continuidad contractual y méritos individuales acreditados— pudieran firmar extensiones que arrancaran en el 35% del tope salarial. Pero lo que ha disparado las cifras es, sobre todo, el crecimiento imparable de ese tope. En solo diez años, ha pasado de 63 a 141 millones, con proyecciones que lo sitúan por encima de los 300 millones en 2033-34. Esta escalada se explica por un fenómeno de “inflación del baloncesto” que ha avanzado mucho más rápido que la inflación general. Y ahora, con la entrada en vigor del nuevo acuerdo televisivo —76.000 millones por once temporadas, más de 7.000 millones por curso, el triple que el anterior—, la NBA se prepara para otra explosión financiera. Aunque el nuevo convenio colectivo introdujo una cláusula de ""suavización"" que limita los aumentos del tope al 10% anual, el crecimiento sostenido —incluso del 7%— seguirá multiplicando los ingresos y, por tanto, los sueldos.
Este nuevo contexto hace que contratos como el de SGA sean solo el principio. Según las proyecciones actuales, un supermáximo firmado en 2028 podría alcanzar los 86,9 millones al cuarto año, y los rubricados a partir de 2030, los 105 millones por curso. La cifra mágica del millón de dólares por partido será superada por varios jugadores antes de que termine la década. La lista de candidatos es cada vez más amplia. Anthony Edwards, por ejemplo, tiene todo a favor para firmar su supermáximo en 2027: ha sido dos veces All-NBA, es el rostro de los Timberwolves y encarna el nuevo perfil de superestrella global. Su contrato podría ascender hasta los 345 millones por cuatro años, con más de 82 millones ya en su segunda temporada. También hay que contar con miembros de la clase de 2021 como Cade Cunningham y Evan Mobley, que debutaron este curso en el All-NBA, o figuras en clara expansión como Scottie Barnes, Franz Wagner o Alperen Sengun. Y más abajo en la escalera generacional esperan promesas de altísimo valor mediático y deportivo como Jalen Williams, Chet Holmgren, Paolo Banchero, Victor Wembanyama o Amen Thompson, quienes podrían firmar sus primeros grandes contratos en un ecosistema salarial ya completamente transformado.
Tampoco hay que olvidar a jugadores más veteranos. Aunque no puedan acceder al supermáximo por razones contractuales, pueden firmar extensiones de dos o tres años con cifras astronómicas. Lo hizo Devin Booker esta misma semana, sellando un nuevo acuerdo con los Suns por 145 millones en dos años, lo que eleva su media anual muy por encima de la del contrato de SGA. Y lo hará el propio Gilgeous-Alexander, cuando su supermáximo actual expire en 2031, momento en el que estará en condiciones de firmar una nueva extensión que podría romper todos los récords. Porque el ciclo no se detendrá. A medida que el tope suba, el valor proporcional del 35% seguirá creciendo. Y así, el sueldo de un jugador estrella dejará de medirse en millones por temporada y comenzará a medirse en millones por mes, por semana o directamente por partido.
Lo más sorprendente de todo es que, en este contexto, pagar un millón por partido a una superestrella puede ser una auténtica ganga. En 2025, según estimaciones de Spotrac, los equipos de la NBA han desembolsado un total de 5.650 millones de dólares entre salarios y pagos de impuesto de lujo. Dividido por las 1.230 victorias disponibles en temporada regular, eso significa que cada victoria cuesta unos 4,6 millones de dólares. Shai Gilgeous-Alexander, líder de la liga en valor estimado, generó 20,9 victorias según Dunks & Triples. Eso sitúa su valor solo en temporada regular cerca de 96 millones de dólares. Sin contar su impacto en playoffs, en la venta de entradas, en la mercadotecnia o en el valor general de su franquicia. Cuando LeBron James regresó a Cleveland en 2014, Forbes estimó que elevó el valor de los Cavaliers entre 100 y 150 millones de dólares de forma inmediata. Hoy, ese impacto sería incluso mayor. De hecho, si no existiera el tope salarial ni los contratos máximos, las verdaderas superestrellas —los LeBron, los Curry, los Jokic, los SGA— podrían justificar sueldos superiores a 150 millones anuales, el doble de ese ya cercano millón por partido.
En otras ligas esto ya es una realidad. Lanzadores estrella de la MLB, como Gerrit Cole o Justin Verlander, ya superan el millón de dólares por apertura. En la NFL, los mejores mariscales de campo ganan más de tres millones por partido. Y luego está el caso de las ligas financiadas por fondos soberanos, como la Saudi Pro League, donde futbolistas como Cristiano Ronaldo ingresan cifras cercanas a los 200 millones anuales. Aun así, entre los deportes de equipo tradicionales, ninguna liga combina pago por partido y volumen de partidos como la NBA. Lo que explica por qué 15 jugadores NBA ya tienen contratos de más de 50 millones por año, mientras en la NFL, la NHL y la MLB solo hay dos casos combinados.
La llegada del primer contrato de un millón de dólares por partido no será simplemente una cifra redonda para titulares. Será una declaración de poderío económico. Un nuevo símbolo del valor descomunal que las superestrellas aportan en la era de la globalización, los contratos televisivos multibillonarios y las franquicias convertidas en marcas planetarias. Lo más probable es que ese primer paso lo dé Edwards, o que lo consolide Wembanyama. Pero el mensaje será el mismo: en la NBA del futuro, cobrar un millón por noche será no solo normal, sino incluso barato.
Fuente: espn.com