Murray incendia Indianápolis: 52 puntos y un Denver que primero arrolla y luego resiste, 135-120
En Indianápolis, la noche giró alrededor de un hombre que, horas antes, ni siquiera tenía garantizada su presencia: Jamal Murray. El escolta de Denver, renqueante por un esguince en el tobillo derecho y señalado como “cuestionable” en el parte médico vespertino, salió a la pista y protagonizó una de esas actuaciones que alteran el pulso de una temporada. Firmó 52 puntos, su mejor marca del curso y a sólo tres de igualar su récord personal, triturando la defensa local con un recital de puntería —19 de 25 en tiros y un espectacular 10 de 11 desde el perímetro— que dejó el pabellón sin palabras.
A su lado, Nikola Jokic volvió a caminar por un territorio que ya parece habitual para él: rozó otro triple-doble con 24 puntos, ocho rebotes y 13 asistencias. Le faltaron apenas dos capturas para enlazar dobles figuras consecutivas, un detalle menor para quien sigue liderando la liga en este tipo de registros, ahora con once en lo que llevamos de campaña. Todo ello, además, ante la mirada del comisionado Adam Silver, presente en el encuentro.
Denver no fue únicamente Murray y Jokic. Bruce Brown, Tim Hardaway Jr. y Peyton Watson también aportaron dobles dígitos para un equipo que ha ganado tres de sus últimos cinco compromisos. Y lo hizo frente a un rival que, pese a acumular lesiones y limitaciones estructurales, intentó competir con dignidad.
Indiana encontró su principal referencia en Pascal Siakam, autor de 23 puntos, mientras Andrew Nembhard sostuvo ritmo y conexión ofensiva con 16 tantos y siete asistencias. Hasta seis jugadores locales alcanzaron dobles cifras, un esfuerzo coral que no pudo camuflar el contraste brutal entre la ofensiva más eficiente de la NBA y un conjunto obligado a sobrevivir con poco margen.
Ese desajuste se percibió desde muy temprano. Un parcial de 13-0 en el primer cuarto abrió brecha (27-17) y marcó el paisaje competitivo. Cuando los Pacers amagaron con acercarse —50-45 mediado el segundo periodo— Denver respondió cerrando la mitad con un demoledor 22-3, manteniéndolos más de cuatro minutos sin anotar y respirando con doble dígito de comodidad.
Tras el descanso, el golpe parecía definitivo. La ventaja se disparó hasta el 92-63 y el choque amenazaba con convertirse en un paseo. Pero el guion dio un giro inesperado: Indiana, lejos de bajar los brazos, mordió en el último tramo y obligó a Denver a reenfocar la mirada. Redujo la distancia a 13 puntos en varias ocasiones y convirtió el final en un ejercicio de resistencia más que de exhibición.
El resultado nunca pareció realmente amenazado, pero el cierre recordó que incluso una noche que apunta a arrasar puede exigir nervio competitivo hasta el final. Para los Nuggets, la victoria fue un castillo construido por el genio de Murray y el orden de Jokic; para Indiana, una derrota que mostró carácter cuando todo apuntaba al hundimiento.